El jueves de la semana pasada, justo cuando todos los medios de comunicación divulgaban la afirmación de funcionarios de Hacienda de que merecerán privación de la libertad todos los evasores de impuestos, aún cuando paguen el monto de lo omitido y sin importar a cuanto ascienda éste, platiqué con un amigo que me hizo presentir su próximo suicidio por el estado de depresión en que se encontraba.
“Hace ocho años -me relató mi amigo-, constituí una inmobiliaria con la expectativa de manejar algunos contratos de administración. Mi compañía de 5 millones de pesos adquirió el inmueble, en el que establecí las oficinas; al cabo de tres años las cosas no salieron bien, vendí mi casa, y cambié mi domicilio a la propiedad de la inmobiliaria, donde una habitación la tengo habilitada como biblioteca y despacho personal.”
“Disolver la empresa me cuesta dinero, así que opté por declarar sin operación hasta en tanto se presentara la oportunidad o de reiniciar operaciones o de venderme a mí mismo la casa”, cosa que como puede comprenderse implica el pago de impuestos de traslación de dominio que mi amigo no está en posibilidades de erogar.
“Ahora mi contador -continuó explicando- me dice que debo pagar algo así como 4 millones de pesos por el 2% de impuesto patrimonial. No tengo dinero, y no deseo ir a la cárcel. Te lo juro que no soy evasor, simplemente me atrapó la desgracia”
Situaciones como ésta se escuchan todos los días y han dejado en segundo término los relatos de asaltos en casas habitación y violaciones callejeras. La angustia ciudadana, tiene que ver con asuntos fiscales.
Al igual que durante la paranoia del 82, gente valiosa, investigadores, científicos, profesionistas y empresarios medianos, se debaten entre el nacionalismo que los mantiene arraigados a su patria, y la tentación de emigrar a suelos extranjeros donde se les retribuya más justamente sus capacidades y se les garantice el mínimo respeto a sus bienes y personas. Yo me pregunto ¿Quién traiciona al Presidente y desde dentro está abortando sus intenciones de sacar adelante al país?
Para muchos no es secreto que el autor del famoso 2% de impuesto al patrimonio de las empresas, es Francisco Gil Díaz, actual subsecretario de Hacienda, y que en otra época jefe del hoy Presidente de la República, quien entonces no fue tratado, precisamente con delicadez. Se quedan sin respuesta cuestionamientos como: ¿Por qué el reglamento del tema se publica sólo 24 horas antes de que venza el plazo para presentar declaraciones, si el propio Jefe de la nación, le hizo a su ex-jefe anunciar la medida hace ya varias semanas, en reunión con una de las cúpulas empresariales?.
En una versión aumentada del dialogo de Montesquieu y Maquiavelo en el infierno, estos miembros del gabinete están convencidos de que los tiempos actuales, “más que violentar a los hombres, hay que desarmarlos, trastocando y proscribiendo sus ideas”, en una moderna fórmula de aparente “mayor efectividad que el combate de pasiones e instintos políticos”.
En tal actitud de desquite, que considera al causante como enemigo, estos seudofilósofos de la modernidad, están convencidos de que “con la sola ayuda del poder encargado de dictar reglamentos, se instituirán inmensos monopolios financieros, depósitos de riqueza pública, de los cuales dependerán todas las fortunas privadas que serían absorbidas justo con el crédito estatal al día siguiente de cualquier catástrofe política”.
(Maurice Joly, pág. 56).
Sin percatarse de los absurdo de la declaración de que el 70% de las empresas nacionales son evasoras, continúan convencidos de que el camino idóneo para la solución de los problemas económicos de México “bastará con aumentar los gravámenes que pesan sobre la propiedad, mantener a la agricultura en condiciones de relativa inferioridad, favorecer a ultranza el comercio y la industria puede a su vez convertirse en peligro, al crear un número demasiado fuerte de grandes fortunas independientes”.
Esta obra escrita a mediados del siglo pasado y publicada en 1920, como resultado de las investigaciones de un corresponsal de “Times” en Constantinopla, parece ser la inspiración, parece ser la inspiración de los autores d la política fiscal de nuestro México de hoy, que parecen convencidos de la necesidad de “reaccionar provechosamente contra los grandes industriales y los fabricantes, mediante la incitación a un lujo desmedido y ataques a fondeo hábilmente conducidos, contra las fuentes mismas de la producción”… a fin de “lograr que en el Estado no haya más que proletarios y algunos millonarios”.
Mis reflexiones bibliográficas, se convierten en auténtica preocupación ante situaciones tan reales como el hecho de que las empresas de participación extranjera, sobre todo de Estados Unidos, en virtud de la legislación de su nación, no podrán ya aplicar los impuestos pagados en México a sus declaraciones en el país de origen, pues su ley es clara, en cuanto a que esta alternativa desaparece si el impuesto es a su vez motivo de laguna compensación como en el caso del 2% que se deduce del ISR.
Ahora que la economía se enfrenta a la fatalidad de un mercado deprimido, en medio de la concertación de pactos aceptados sobre la base de promesas que hicieron aparecer el impuesto del 2% como un impuesto mínimo y de aplicación temporal, me cuestiono sobre el impacto en la confianza de los empresarios, por actitudes no congruentes, que pudieran interpretarse como ausencia de palabra.
En tales situaciones, los rumores abundan. Así, se habla de que en el famoso caso de Guillermo de la Parra, las autoridades se han negado a liberarlo, pese al pago del impuesto omitido, con la aparente idea de evitar sentar un precedente que favoreciera a gentes relacionadas con el caso de “La Quina”.
Desconozco la veracidad de este rumor, los cierto es que como en la historia de las señoritas, en ocasiones resulta de mayor importancia lo que se dice en relación a lo que se es, y a esta misma reflexión podría hacerse respecto a la nota sobre el encarcelamiento de un empresario zapatero que después de pagar 36 millones omitidos en 1986, deberá permanecer en la cárcel durante seis años.
Tal vez el problema es sólo de política de comunicación, Pero aún en ese caso ¡Que triste favor le están haciendo al Presidente y sobre todo a México!
Publicado el día 10 de Abril de 1989
Diario de México