Sobre advertencia no hay engaño, en esta misma columna, el 3 de junio de 1989 comenté lo que sería el contenido de una serie de televisión en relación con el caso Camarena. Igualmente, me he desecho en reflexiones sobre lo que la historia nos ha dejado como testimonio de lo que ocurre cada vez que nuestros vecinos del norte se afanan por aplaudirnos y apapacharnos.
Apenas unas horas antes de que la tan discutida serie televisiva aparecería ante millones de norteamericanos, el presidente Bush intentaba justificarse ante los mandatarios latinoamericanos, y en especial con “su amigo Salinas”; pero obras son amores y no buenas razones y en ello no podemos decir que el 100% de la culpa la tengan los güeros.
La dignidad de una nación es fácil, si a cambio de poco lo negociamos, no debe sorprendernos que nos falten al respeto. Es como con las quinceañeras, no basta con que sean vírgenes, deben parecer y comportarse como tales.
La sabiduría de los viejos nos recuerda que la ropa sucia se lava en casa. Con lujo de difusión, hemos expuesto ante la opinión pública nuestras grandes lacras de corrupción incluso en algunos casos presumo que se ha exagerado, por razones más de vendeta política que de deseo auténtico de componer las cosas, ¿cómo puede pues sorprendernos ahora que se utilicen nuestras propias confesiones para exhibirnos como un pueblo corrupto?
Los políticos de hoy prefieren no moverse. Es como en los partidos de béisbol, se sienten todos en tercera pero con 2 strikes, y prefieren jugar la base por bola, para evitar el riesgo de que se les culpe de narcotraficantes, acopio de armas o defraudadores al fisco en un estilo de “prejuicios”, que se da primero en los medios de comunicación, y después – mucho tiempo después- , en las instancias judiciales. Ante ese riesgo, quienes de veras saben de política, se están reservando, y en tal juego puede pasar todo, incluso una invasión como la que ocurrió en Panamá.
El out ya nos lo marcaron. Estoy segura que nos respetará hasta cierto límite -nuestro derecho al pataleo- y en medio de ello quedan flotando nuestras declaraciones en el sentido de que Manuel Antonio Noriega era socio de una compañía mexicana que procesaba drogas en Tijuana, la identidad de los elementos de la PGR responsables de la violencia de las jovencitas al sur de la ciudad (ver mi artículo del 6 de noviembre de 1989), el impacto real en nuestra economía de la “negociación de la deuda externa”, y muchos otros temas que avergüenzan.
De esta imagen, que s nos está fabricando en el extranjero, son muchos los responsables, no sólo allende la frontera sino que en nuestro territorio.
Dizque expertos en comunicación, que como dije en un párrafo que mereció la sutil censura de “falta de espacio”, son gente ambiciosa de poder que en su búsqueda se convierten en los mejores artífices del engaño, individuos que me recuerdan aquellos sastres de un rey que fueron descubiertos públicamente por la risa burlona de los niños hambrientos, las madres sin esperanza y los hombres paupérrimos que no fueron impactados por sus patrañas y que simplemente tuvieron ante sus ojos la desnudez de un monarca que reía estar estrenando un traje de modernísimas telas.
Lunes 15 de enero de 1990, DIARIO DE MÉXICO.