No solo el pueblo iraquí estará excluido de los buenos propósitos que para la cultura cristiana encierra la remembranza del nacimiento del niño de Belén. Alrededor del planeta millones de seres marginados de la educación, el empleo y los mínimos satisfactores, tendrán una Navidad violenta, azotada por el frío, el hambre, la discriminación, la inseguridad urbana y la falta de valores. La llegada de Jesús en su tiempo fue anunciada como una noticia de gran gozo, dada a los más pobres de la región. Fueron los pastores quienes conocieron -antes que nadie en el pueblo- que había llegado un salvador, salvador que fue percibido con temor por los gobernantes, dirigentes políticos alejados de la ética que se turbaron ante la posibilidad de un rey que pudiera estorbarles en su ejercicio de poder basado en la mentira, la envidia, la adulación, el despilfarro grosero de bienes y la confusión entre lo bueno y lo malo, lo sano y lo insano, lo justo y lo injusto.
En el umbral del tercer milenio marcado por el nacimiento que celebraremos la próxima noche buena, existen aun herodes que matan a sus congéneres lo mismo con rayos lazer que con droga industrializada, comerciantes transnacionales que trafican con personas en una moderna sublimación de la esclavitud, personas en todas las jerarquías, que mienten sobre sus propósitos y acciones, que simulan arrepentimientos más publicitarios que intrínsecos, que prometen y no cumplen, que ejercen una caridad vanidosa encaminada más al lucimiento que al servicio, que no cejan, en suma, en su propósito de considerar a la raza humana como potenciales legiones de seguidores del antivalor, sin incomodarse un ápice por el destino de condenación sentenciado para quienes osan prostituir el propósito divino de contar con una creación a la imagen y semejanza del amor, la justicia y la trascendencia.
Como ocurrió en Belén, esta Navidad solo una pocas gentes tendrán una noche de paz. Invitados a esta redención están todos: los adúlteros, los mentirosos, los violentos, los comerciantes tramposos, los pobres y los ricos, los blancos, los amarillos y los negros, los débiles de espíritu y los fuertes, los sanos y los enfermos, los niños, los hombres y las mujeres, los gobernantes y los gobernados; porque el niño de Belén nació para muchos, aunque solo unos cuantos escogidos respondan a este reto. De usted depende el privilegio de formar parte de este grupo de elegidos, lo lograra si tiene la humildad y simpleza de los pastores para entender que este tema no le es ajeno y va más allá la fiesta o el dispendio o si ejerce la sabiduría de los magos para no volver a la casa del malvado sino cambiar el camino a fin de salvarse a si mismo y a su descendencia, de un futuro de confusión personal, irreflexión, caos ecológico, explotación y perversión.