Con gran profundidad la sabiduría popular sentencia que no es válido “mamar y dar de topes”, lo que viene como anillo al dedo a propósito del desaguizado, de la venta, privatización o como quiera llamársele a la entrega – de una sola vez o en abonitos fáciles- de un recurso que es estratégico en la vida de la nación y respecto del cual, la inversión popular, no sólo en el momento histórico de la expropiación petrolera, sino a lo largo de muchos años de carga fiscal, debería ser respetada.
No les falta razón a quienes sospechan que frente al vacío que está dejando el Estado en materia de rectoría económica, son las corporaciones privadas las que están tomando el poder, y éstas por su naturaleza intrínseca -y lo recuerdo porque hay algunos idealistas que parecen ignorarlo- tienen como fin esencial el negocio lucrativo, que es factible cuando hay muchos clientes o consumidores, perfil con el que a fín de cuentas, estos modernos rectores de la vida social tazan a todos los que antes nos jactabamos de ser ciudadanos, pueblo o miembros de un cuerpo social al que orgullosamente nos uníamos en un espíritu de nación.
Sin mucha diferencia con los humanos de las cavernas, las masas del fin de milenio son determinadas por factores exógenos para el seguimiento de fantasías redentoras y en el plano de la política global, al Estado y su tradicional rectoría de la vida social, se le ha identificado en la mente colectiva -por el importante apoyo de los medios electrónicos- con el luzbel y su séquito de ángeles caidos del relato mítico de casi todas las culturas, presentándose a los artífices del liberalismo económico, su capital y la eufórica compulsión de comprar y vender, como la imagen misma del paraíso.
De ese mesianismo, que propaló la falasia de que la crisis terminaría con el aniquilamiento de la rectoría estatal, los mexicanos ya deberíamos haber aprendido que no es prudente desconocer las enseñanzas de la historia y en ella se documenta la razón de ser del Estdao que en su momento surgió justamente como medio de limitar los excesos empresariales y normar un sistema de convivencia social más equitativo, en el que los muchos disfruten de lo que es de todos, es decir el planeta, los recursos que éste ofrece, el producto individual y colectivo del trabajo y los derechos fundamentales de todo ser humano que le garantizan una vida digna, con posibilidades de educación, vivienda, salud y todas esas cosas de “poca importancia” para los “desconcertados inversionistas del petroleo” que con porcentajes mayores o menores de acceso mercantil al patrimonio nacional, unicamente tienen en mente el saber que tantos productos nos venden y en que ganga nos compran, no sólo nuestros bienes sino a nostros mismos pués con el garlito del 51% continuaremos pagando impuestos relacionados con los hidrocarburos porque se trata de un bién que nos pertence a todos, aunque por el 49%, sean ellos, los comerciantes, los inversionistas, los macroeconomistas, quienes se lleven la mayor tajada.
O sea que, como país seguiremos gastando, aunque ahora en las empresas de otros, ¡bonito negocio! y todavía hay quién con fanfarrias se dice satisfecho por el logro en la defensa de lo que es nuestro, cuando en realidad están consecuentando becerritos ladinos que además de mamar de nuestro patrimonio pretenden seguir dándonos de topes en la ya desecha economía popular, sólo que el pueblo ya no se las traga todas, con tele y todo, es cada vez mayor el número de gente pensante y afortunadamente todavía hay quienes saben lo que significó y sigue significando el Espíritu de la Nación.
PETROQUIMICA Y BECERROS, AUNQUE NO DE ORO. – 21 de Octubre de 1996
Julio 1, 2008 de liliacisneros