Adictos como somos de manera histórica a magnifcar lo que nos viene de fuera y degradar lo propio, mereció poca atención y mucho menos reflexión, el brutal despliegue de fuerza pública norteamericana para reprimir la libre expresión de manifestantes que en Seattle pretendían hacer escuchar sus voces en contra del sistema mundial de comercio impuesto por organizaciones como la OMC. Nada que ver con los escuálidos granaderos mexicanos que bloquearon en el periférico el avance de la columna estudiantil antes de la renuncia de Barnés o con los intentos de orden entre ambulantes y contra criminales a los que el pueblo esconde en sus casas de Tepito, para luego quejarse de violación a los derechos humanos.
Lo más triste para nuestra nación, que parece condenada a la minusvalía, es que los medios mundiales se hayan ocupado más de la nota roja relacionada con los cementerios clandestinos de Ciudad Juárez ¿Porqué se descubrió justo cuando la imagen del imperialismo podía verse dañada? ¿A que le sabe esa interpretación del FBI en el sentido de que “México” solicitó apoyo técnico? ¿El señor Madrazo, que parece haber abandonado su esencia de representante del pueblo como procurador para convertirse en simple policía, es México? ¿La ayuda la solicitó a titulo personal, como funcionario o en calidad de qué? Menos mal que se apresuró a decir que asumía la responsabilidad de su hecho; aunque dicha acción perjudique indiscutiblemente los ya de por sí maltrechos conceptos de soberanía y nacionalismo.
La ironía cobra tintes de burla, cuando vemos que mientras en Seattle se reúnen los dueños de la riqueza mundial, protegidos por elementos antimotines armados hasta los dientes, en nuestra frontera se curan en salud acusando al prójimo de maldad por la existencia de un negocio que ha sido de y para los americanos desde hace tres décadas y también para boicotear el tímido intento del gobierno federal de ponerle un hasta aquí, al negocio de contrabando de autos, minimizando así acciones bélicas como la de Seattle muy lejanas a la comprensión de su discurso protector de los derechos humanos y la democracia que ellos defienden y pretenden implantar, en territorios que les son ajenos por supuesto.
Así es esto de la intervención subliminal y menos mal que los diputados le ahorraron al primer mandatario la vergüenza de presentarse para el regaño de rigor que seguramente pensaban propinarle. A fin de cuentas el sistema tiene algo que deberle al PRD, que ahora se constituye en un pilar más de la política a la mexicana.