Para quienes no tienen por disciplina analizar la historia, el llamado a la reconciliación entre universitarios resulta una expresión afortunada y de buena voluntad; y no palabra dominguera, hueca y sin sustento lanzada a los cuatro vientos así “no más” como para lavar culpas añejas de quienes en abuso del poder someten, vejan, violan e ignoran una realidad social de soluciones postergadas. Luego de 7 años de lucha revolucionaria, Carranza también llamó a la avenencia nacional, decretó que el país volvería al orden constitucional y se apoyó en el Partido Liberal Constitucionalista -que lo había postulado a la presidencia- pretendiendo una reconciliación que nació muerta, no solo porque Carranza excluyó de su gabinete a los principales promotores del PLC, sino porque en el mareo que produce el poder desestimó liderazgos reales que se convirtieron en la causa primordial de su caída y de la muerte de tales ideas que no necesariamente ideales.
La dificultades económicas, como la incautación bancaria de 1916, la falta de empréstitos extranjeros y nacionales, la escasez de moneda metálica y el alza del precio de la plata en el mercado mundial, aunados a las campañas de desprestigio en contra de la naciente constitución promovidos por empresas petroleras extranjeras, así como los brotes rebeldes a lo largo de la geografía entre 1917-20, fueron entre otros factores los que permitieron la consolidación de un sistema de poder que se entronizó al margen de la solución de fondo de problemas que siguen vigentes y son caldo de cultivo para la continuidad de enfrentamientos sociales.
Factor recurrente que dificulta la reconciliación lo ha sido y sigue siendo la acción de medios de comunicación con tinte amarillista y muchas veces al servicio de los sectores más reaccionarios y si no, compare usted las opiniones de las televisoras del 2000 con lo publicado en los diversos medios impresos a partir de la Reforma. Por supuesto que todos anhelamos la reconciliación; pero esta no será factible con jóvenes de alto rendimiento encarcelados, con maestros prejuiciados de criminales por el único delito de expresar su opinión diversa, con el azusamiento de sectores manipulados hacia rescates y limpiezas que suenan a fascismo y con dirigentes de instituciones que primero pegan y luego averiguan. De un maestro universitario que dedicó nueve meses a la clases extramuros, escuché el día de ayer una lacónica frase, “me siento como Kleenex, usado y desechado” Ojalá que los que llaman a la reconciliación tengan oídos para oir lo que pide el pueblo y lo entiendan no como rebeldía sin sustento; sino como clamor de millones de seres humanos que sienten cancelado su horizonte y gritan por el derecho a vivir, estudiar, ser escuchados y libres.